Conquering the World with absurd Cuteness
La continuación de las crónicas hoy cubriendo el primer dia (real) del viaje, en el que visitamos Ueno y nos dejamos llevar por la fiebre consumista en Akihabara.
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Tras una noche de sueño reparador nos arreglamos para bajar al vestíbulo del hotel donde se servía un desayuno de conveniencia. Muy vanamente un servidor esperaba encontrar leche y cereales o quizás pastas o galletas; el olor a pescado inundaba la planta baja, donde una amable cocinera servia un desayuno tradicional a base de sopa de miso, te verde, onigiris y verduras encurtidas. Como una especie de guiño del destino también servían café, pero sin leche. Para mi nariz, el choque del olor respecto al esperado fue demasiado grande, aunque no pareció impedir a Yuanyu y a Petrus servirse generosas raciones (aunque con cautela) y desayunar alegremente. Yo por mi parte esperé a que terminasen de desayunar mientras leía las noticias y luego asalté el Family Mart donde tenían leche fresca con aroma de café (sabe como el café con leche, aunque con un poco más de azúcar de lo que me gusta a mi) y pastas de panadería.
Hemos podido experimentar algo parecido a la “hora punta” en nuestras carnes. A pesar de que nuestro tren tenía 16 vagones (aprox. unas 1200 personas) no iba precisamente vacío. Afortunadamente parece que todos querían bajar en Akabane (es un intercambiador importante); no me veo apartando a empellones a la gente.
Ueno
El parque Ueno es, bueno, un parque; en cierto modo me recuerda a la Ciutadella: un jardín interesante para pasear, pero cuyo valor real reside en la cantidad de museos: Una vista rápida al mapa nos revela cuatro importantes: el museo de la ciencia, el museo nacional de arte, el museo metropolitano de arte y el museo nacional de arte occidental… ¿Mucho arte? No en vano en Ueno está la universidad de Arte de Tokio. Un observador avispado también advertirá que hay un parque zoológico, aunque en esta ocasión no lo visitamos.
Las similitudes terminan ahí. Mientras que el parque de la Ciutadella es un símbolo de la ocupación francesa de Barcelona, Ueno fue históricamente el último reducto de las fuerzas leales a Tokugawa por las fuerzas reformistas imperiales. Seguro que os acordáis de el último samurai: bueno, salvando las diferencias (recordad, las pelis americanas nunca narran la historia real), los hechos ocurridos en la película están inspirados en los eventos que transcurrieron en esta zona, ahora convertida en parque público (de los primeros de Tokio).
Es una pena que, habiendo tantos museos en la zona, no tuviésemos tiempo para ver ninguno; aún así, la visita al parque Ueno resulta interesante por la cantidad de pequeños templos que tiene, tanto dentro del parque como en los alrededores.
Nuestra primera parada es el templo Rinnô (Rinnôji) que, aunque interesante, nos sirvió más como aperitivo de los templos que veríamos más tarde que como monumento en sí. Es una buena introducción a la arquitectura religiosa japonesa, con un templo principal con el incensario, una capilla más pequeña con el buda, la campana y el estanque con la fuente. Veréis, normalmente cuando uno va al templo a hacer algo que no sea el turista, habitualmente primero se lavará las manos en la fuente y beberá un poco del agua (para purificarse), luego se echará un poco de incienso por encima (si es un templo grande, siempre suele haber incienso encendido; en los templos pequeños esperan que tu pagues y enciendas el incienso), subirá los escalones hasta la entrada del templo, hará una ofrenda y rezará.
Más interesante resultó el templo Kan’ei (Kanneji), por el que valió la pena apartarse un poco de la ruta original. Aparte de ser un complejo bastante grande (para estar dentro de la ciudad), tiene un número importante de esculturas y tumbas de artistas, como por ejemplo la Mushizuka, una tablilla creada para recordar los miles de insectos que tuvieron que morir para que Masuyama Sessai pudiese componer su libro de ilustraciones naturales.
Volviendo a nuestra ruta, no pudimos dejar de observar la gran cantidad de esculturas de arte contemporáneo que se sitúan en el parque, así como la gran cantidad de cuervos… Si, son dos datos que no tienen mucho que ver, pero ahí están.
Nos costó bastante encontrar el santuario de Tôshôgû, un templo dedicado a la adoración de Ieyasu Tokugawa; una pena ya que parece bastante interesante, si bien algo descuidado, algo sorprendente para Japón, ya que hasta el parque estaba limpio y ordenado*. En este templo esta situada la “llama de Hiroshima”, una llama recogida de las ruinas de Hiroshima y mantenida encendida hasta el momento para el recuerdo. También había una pagoda de cinco plantas a la que nos fue imposible acceder, no sabemos si porque estaba realmente cerrada o porque no supimos encontrar el camino.
No todo en el parque Ueno era, como solemos decir por aquí “flors i violes”. Aunque no hicimos ninguna foto, nos llamó mucho la gran cantidad de indigentes que pululaban por el parque, especialmente cerca de un recinto vallado que parecía un depósito de chatarra.
Cerca del Santuario Tôshôgû encontramos una gran cantidad de templetes sintoistas (con estatuas preciosas de zorros) e hindúes que nos acercaron a los tres estanques del parque; Shinobazu y Suijôdobutsu son grandes y están llenos de nenúfares, mientras que en el estanque boat, como su nombre indica, puedes alquilar una barca para pasear. En medio del Shinobazu encontramos otro templete con unas cuantas esculturas de caracter religioso, pero más bien curiosas. Una dedicada a las gafas, otra al shamisen… No sería hasta más tarde que descubriría que era un templo dedicado a la diosa Benzaiten (protectora del estado, y diosa de la música, el arte, el conocimiento y la belleza).
De obligada visita antes de marcharnos del parque es la estatua de Takamori Saigô, un samurai de la era Edo que ayudó a restaurar el poder del emperador y luego, cuando este decidió modernizar y occidentalizar el país, encabezó una rebelión (si, la del ultimo samurai). Habitualmente se le representa acompañado de su perro, y esta no es una excepción.
Ameyoko
Continuamos nuestra visita atravesando la calle de Ameya Yokochô, también conocida como Ameyoko. Ameya Yokochô significa algo así como “el callejón de las tiendas de dulces”, y es que en su origen esta calle era donde los estraperlistas vendían productos difíciles de encontrar (como tabaco, o chocolate) tras la segunda guerra mundial. Hoy en día está plagada de tiendas de comida y ropa, de restaurantes y de centros comerciales baratos. Nada de tiendas de moda guay ni de cosas pijitas: Ameyoko es uno de los recordatorios de que Ueno es un barrio humilde con un estilo de construcción y unas gentes muy diferentes de las que encontraríamos en la mayoría de los barrios que visitaríamos posteriormente.
Tras comer un delicioso tonkatsu en un restaurante de la zona, en el que nos acompañó un programa de televisión donde una especie de Arguiñano japonés intentaba explicarnos como preparar una especie de guiso de aspecto americano, nos encaminamos hacia el sur del barrio, ya que Ameyoko conecta Ueno con Akihabara en esa dirección. Efectivamente, no dejamos atrás la estación de Okachimachi que poco después ya estábamos encontrando tiendas de electrónica. La primera señal de que habíamos llegado a Akihabara fue una tienda de segunda mano que parecía regentada por filipinos y donde tuve que contenerme para no empezar a comprar tonterías.
Akihabara
Akihabara es, para los que no sepan mucho de Japón, la meca mundial de la electrónica. Puede que en china hayan barrios con más tiendas o mejor de precio, pero el barrio electrónico por excelencia y el más conocido en el mundo mundial es Akiba, el “electric town” de Tokio. Sus origenes tambien se remontan a la segunda guerra mundial. Akihabara se asienta en el cruce de las líneas Yamanote y Chûô-Sôbu, y bajo sus vías se empezaron a establecer tiendas que inicialmente vendían piezas de radio y electrónica variada. Poco después el comercio se extendería a los electrodomésticos y se convertiría en la zona donde las familias iban a comprar el equipamiento del hogar. El auge de las grandes superficies, que ofrecían mejores precios que las tiendas pequeñas, hizo que Akihabara perdiera algo de fuelle en los 80. Sin embargo, el aumento del consumo de productos electrónicos (ordenadores personales, consolas, gadgets), provocó una transformación del barrio hacia el enfoque actual, en el que una miríada de tiendas tratan de traer, no tanto lo que traen los demás, sino gadgets especiales para clientes que ya lo tienen todo y buscan algo nuevo.
En la breve estancia (solo 4 horas!!!) vimos todo tipo de tiendas: de trenes en miniatura, de figuras de resina, de gashanpons, tiendas de segunda mano que vendían tecnología antigua (y no tan antigua) a precios ridículos. Tiendas de electrónica que vendían tecnología punta a precios no tan rídiculos, pero igualmente más baratos que en Barcelona. Un anuncio de un centro de masaje donde las masajistas vestían de meido (sirvienta francesa). Una tienda llamada pichichi que tenía a todo trapo un remix maquinero del himno del barça y que vendía gashanpons y merchandising más tradicional de equipos de fútbol europeos, principalmente (me sorprendió no ver camisetas de la selección Brasileña).
Desgraciadamente se nos hacía tarde. A las 7 todas las tiendas pequeñas empezaron a cerrar, y optamos por no ir a los centros comerciales grandes, así que nos acercamos a la estación del metro y volvimos a Akabane, donde tras el fracaso del chino del primer día, decidimos probar suerte en un restaurante subterráneo donde comimos francamente bien, y de ahí al hotel a dormir.
* Hasta las camionetas de la basura están limpias, impolutas y brillantes. Parece que estrenen coche todos los días estos basureros…
Nekoplanet es un gato (que me matará el dia que sepa como lo he llamado). Nekoplanet es una persona. Nekoplanet son los amigos de esta persona. Nekoplanet es una canción que no te puedes quitar de la cabeza. Nekoplanet es...
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